Picaduras y mordeduras de artrópodos: diferentes reacciones en el ser humano
Nota técnica de la edición 18 sobre picaduras y mordeduras de artrópodos: diferentes reacciones en el ser humano, con enfoque en diagnóstico, prevención y criterios aplicables al manejo profesional de plagas.
Los artrópodos constituyen el grupo animal más diverso del planeta e incluyen a los insectos, ácaros, arácnidos y miriápodos, entre otros. Muchos de ellos interactúan de manera directa con los seres humanos, ya sea como parásitos, vectores de enfermedades o simplemente como organismos que se defienden ante una amenaza. En este contexto, es frecuente hablar indistintamente de “picaduras” y “mordeduras”, aunque desde el punto de vista biológico existen diferencias claras entre ambos mecanismos.
En términos generales, la picadura implica la introducción de un aparato especializado capaz de perforar la piel e inocular sustancias bioactivas, mientras que la mordedura se produce mediante piezas bucales que desgarran o cortan tejidos, generalmente sin inyección activa de fluidos. Las picaduras pueden perseguir funciones concretas de alimentación o defensa. En los insectos hematófagos, la picadura suele estar asociada al consumo de sangre.
Para ello, estos organismos poseen estiletes (mosquitos) o quelíceros modificados (garrapatas) que atraviesan la piel e introducen saliva, la cual contiene anticoagulantes, vasodilatadores y anestésicos que facilitan la alimentación. Entre los insectos que pican se destacan los mosquitos Aedes spp., Anopheles spp., Culex spp., etc., la chinche de cama Cimex lectularius, las pulgas y sus diferentes especies, los piojos del orden Pthiraptera, suborden Anoplura, las vinchucas (Triatominae) y muchos otros. En estos casos, el aparato bucal actúa como una estructura punzante que accede directamente a los vasos sanguíneos, por lo que son ejemplos clásicos de insectos solenófagos, ya que introducen sus estiletes directamente en los capilares. Las garrapatas no roen ni muerden la piel; poseen estructuras denominadas quelíceros adaptados para punzar y fijar al ácaro al tejido epitelial.
“EL APARATO BUCAL ACTÚA COMO UNA ESTRUCTURA PUNZANTE QUE ACCEDE DIRECTAMENTE A LOS VASOS SANGUÍNEOS.”
Estas piezas especializadas reciben el nombre de hipostoma, y resulta ser como una flecha de indio con su centro ahuecado para succionar. Por esta razón, resulta muy difícil desprender una garrapata cuando esta está fijada alimentándose. El anclaje es tan robusto que al tirar puede desprenderse la garrapata, quedando estas estructuras en la piel y dando lugar al ingreso de microorganismos patógenos. El ácaro del género Trombícula o Neotrombícula, conocido también como bicho colorado o ácaro de las cosechas, se alimenta de tejidos tisulares previamente licuados a partir de la inoculación de saliva con alto contenido enzimático que realizan con sus quelíceros. Este artrópodo diminuto suele atacar en primavera principalmente, muy asociado a las actividades en césped; se aloja en zonas de piel fina y es donde habitualmente desencadena reacciones dérmicas complicadas debido al rascado asociado al prurito o picazón que genera. Otros insectos hematófagos, como los tábanos, simúlidos (moscas negras o jejenes) o flebótomos, se clasifican dentro del grupo de los telmófagos. Sus mordeduras son las que permiten que brote la sangre y, una vez acumulada en pequeñas “piletas”, la pueden absorber. No pican vasos directamente, sino que muerden la piel, generando una pequeña herida. Durante este proceso, el insecto libera saliva rica en proteínas anticoagulantes e inmunogénicas. Este tipo de alimentación hace que sea un proceso mucho más doloroso para el huésped y puede producir lesiones más evidentes e inclusive procesos infecciosos.
“ESTE TIPO DE ALIMENTACIÓN HACE QUE SEA UN PROCESO MUCHO MÁS DOLOROSO PARA EL HUÉSPED Y PUEDE PRODUCIR LESIONES MÁS EVIDENTES E INCLUSIVE PROCESOS INFECCIOSOS.”
En el caso de los arácnidos, como arañas y escorpiones, la picadura cumple mayormente una función defensiva o predatoria. Estas especies inoculan venenos a través de quelíceros o aguijones, diseñados para inmovilizar presas o disuadir a posibles agresores. En este caso, la picadura a todo aquel organismo que no sea una presa puede ser como mecanismo de defensa e inclusive accidental. Esta última suele ser la interacción más común entre arañas y escorpiones con el ser humano. Hay insectos que también pican, en ese caso como mecanismo puramente defensivo, tal es el caso de las abejas, avispas, abejorros y algunas hormigas. El aguijón, pieza activa que inocula el veneno, puede o no ser retráctil. El aguijón en las abejas no es retráctil, permite que el insecto pique solo una vez y, al perder parte del tracto digestivo junto con el aguijón y las glándulas de veneno, luego morirá. Si el aguijón es retráctil, como en el caso de avispas, abejorros y algunas hormigas, los insectos pueden picar repetidas veces. En relación con las hormigas, Solenopsis spp. u hormiga de fuego es la especie más común asociada a reacciones cutáneas de personas que han pasado tiempo recostadas o sentadas en el césped. Son hormigas sumamente agresivas cuando se interfiere en sus sendas de desplazamiento o se alteran sus hormigueros. Las escolopendras, dentro del grupo de los cienpiés, tienen estructuras tales como las forcípulas detrás de las mandíbulas que les permiten inocular veneno. Al igual que otros artrópodos, se trata de sustancias que rara vez pueden desencadenar procesos graves, pero sí son picaduras muy dolorosas.
Las reacciones alérgicas y la respuesta del organismo frente a estas picaduras o mordeduras varían notablemente entre personas. Estas manifestaciones clínicas no dependen únicamente del artrópodo, sino principalmente de la respuesta inmunológica del ser humano. Las reacciones se deben, en la mayoría de los casos, a la hipersensibilidad frente a proteínas presentes en la saliva o el veneno inoculado. Estas sustancias pueden desencadenar desde reacciones locales leves, como enrojecimiento, edema y prurito, hasta lesiones epiteliales severas, ampollas, necrosis o reacciones sistémicas. En individuos sensibilizados, puede producirse una reacción alérgica generalizada, e incluso anafilaxia, una condición potencialmente mortal. Es importante destacar que cada organismo reacciona de manera diferente. Existen personas en las que las picaduras pueden pasar prácticamente inadvertidas, mientras que otras desarrollan respuestas intensas ante mínimas exposiciones. Incluso un mismo individuo puede reaccionar de forma distinta a una picadura del mismo insecto en días diferentes, dependiendo de su estado inmunológico, exposición previa y otros factores fisiológicos. Debe tenerse en cuenta que niños pequeños o ancianos suelen ser los grupos de riesgo más elevado. En el primer caso, por la falta de especialización del sistema inmunológico, mientras que, en el segundo, las barreras defensivas podrían encontrarse deterioradas. Comprender las diferencias entre picaduras y mordeduras de artrópodos resulta fundamental no solo desde un punto de vista biológico, sino también sanitario. Estas interacciones pueden tener consecuencias que van desde simples molestias cutáneas hasta enfermedades epiteliales graves o reacciones anafilácticas fatales. El reconocimiento del tipo de lesión y del organismo involucrado permite una mejor prevención, diagnóstico y tratamiento de los efectos asociados. Es muy importante tener en cuenta que no se trata de lesiones “patognomónicas”, características y siempre iguales. Las imágenes, infografías y pósters que existen asociando un tipo de lesión con un tipo de artrópodo suelen desencadenar confusiones, en muchos casos diagnósticos equivocados, retraso en la toma de decisiones y resultados negativos. Sí hay patrones de distribución de las picaduras o mordeduras que podrían tener mayor correlación con un organismo en particular, pero no el tipo de lesión.